PRUSIA DEL SIGLO XVIII

GÉNESIS DEL PODERIO MILITAR ALEMÁN MODERNO. PRUSIA, SIGLO XVIII.

Fwderico Guillermo I, Rey Sargento.

Federico II de Prusia y su padre, Federico Guillermo I, serían los artifices de la construcción del poder militar prusiano, teniendo como principal rival a la Francia de Luis XV y a la Rusia dw Catalina la Grande.

Mientras que Federico Guillermo era un sobrio moralista puritano (recordemos que la religión oficial en Prusia era el Luterana) su hijo estaba ya inmerso dentro de lo que conocemos hoy como rey absolutista iluminado. Entre ambos llevaron a Prusia al centralismo burócratico y fiscal mercantilista que trajo orden y progreso en Prusia, aumentando la población en esos años. Se mantuvo el respeto a las todos los secotres religiosos cristianos, incluso los católicos. Se abolió la pena de muerte y se aumentó la educación universal.


Federico Guillermo fue conocido como el rey Sargento, lo que lo distanciaba de algunos ideales iluministas. Heredó un ejército modesto y lo convirtió en un estado militarizado, duplicando las tropas hasta alcanzar unos 83.000 hombres, una cifra desproporcionada para la población de Prusia. 


Dividió el territorio prusiano en distritos o cantones. Cada cantón estaba obligado a suministrar un número específico de reclutas para el regimiento local. Esto garantizó un flujo constante y predecible de soldados. Tambien forzó a la baja nobleza terrateniente prusiana (los Junkers) a servir como el cuerpo de oficiales del ejército. Convirtió el servicio militar en la única vía de prestigio social para los nobles, forjando una lealtad absoluta hacia la corona.


A nivel de armamento, Federico Guillermo introdujo la baqueta de hierro para los fusiles, lo que permitía a sus soldados recargar y disparar tres o cuatro veces más rápido que cualquier otro ejército de la época. La instrucción militar se convirtió en una ciencia de repetición exacta y deshumanizante.Los Gigantes de Potsdam (Lange Kerle): Creó un regimiento de élite personal compuesto exclusivamente por soldados de extrema estatura (más de 1,88 metros). Aunque rara vez entraron en combate, sirvieron como herramienta propagandística de la fuerza prusiana.


FEDERICO I EL GRANDE

Federico I si fue un verdadero rey absoluto iluminista, un mecenas cultural y amigo del francés Voltaire, a quien alojó en su palacio temporalmente, hasta que surgieron las asperezas entre ambos.

Federico I El Grande

Federico II heredó una máquina militar perfecta pero sin experiencia real en combate. Su reforma consistió en flexibilizar la estructura táctica y adaptarla a la guerra moderna, aumentando el ejército a más de 150.000 hombres.

Su primer aporte al ejercito fue el llamado Orden Oblicuo (Schiefe Schlachtordnung), un gran avance a la táctica militar, que recuerda a tácticas de combates antiguas griegas o las de Anibal Barca. En lugar de atacar de frente a un enemigo numéricamente superior, Federico concentraba la masa de sus fuerzas en un solo flanco débil del rival, envolviéndolo mientras el resto de la línea simulaba un ataque o contenía al enemigo.


Reformó radicalmwntw a la Caballería, tras fracasos iniciales donde su caballería pesada se vio superada por unidades más ágiles, Federico la reestructuró por completo. Prohibió que dispararan desde el caballo y les ordenó cargar exclusivamente a galope tendido con el sable en mano, convirtiéndolos en una fuerza de choque devastadora y veloz.


Su artillería a Caballo fueron unidades de artillería ligera donde los cañones y sus sirvientes se desplazaban rápidamente a caballo. Esto permitía redesplegar el fuego de apoyo en pleno campo de batalla para auxiliar a la infantería allí donde fuera necesario. La marcha y cadencia la mejoró, ya que la infantería prusiana podía marchar a un ritmo constante, cambiar de formación bajo fuego enemigo sin romper filas y ejecutar maniobras complejas a velocidades que desconcertaban a los generales austriacos y franceses.


Todo esto fue estudiado y entendido por grandes militares alemanes en la Segunda Guerra Mundial, como Guderian y Rommel, creando la táctica de guerra de mivimiento que hoy conocemos como Guerra Relámpago o Blitzkrieg.

RELACIÓN CON FRANCIA Y RUSIA

Federico Guillermo I: El pragmatismo frente al Rey Sol y el recelo hacia Rusia
La postura de Federico Guillermo I hacia la Francia de Luis XIV estuvo marcada por una profunda contradicción. Aunque detestaba la frivolidad y el derroche de la corte de Versalles —lo que lo llevó a desmantelar el lujo que su propio padre había imitado de los franceses—, respetaba la capacidad del monarca francés para centralizar el poder absoluto. En lo estrictamente político, la relación fue distante y ambivalente. Prusia se movió con cautela en el tablero europeo, participando en coaliciones que limitaban el expansionismo de Luis XIV, pero cuidándose de no desatar una guerra directa que destruyera el ejército que con tanto esmero estaba construyendo. 
Con respecto a Rusia, el Rey Sargento sentó las bases de una relación de conveniencia pragmática. Aunque la Rusia de principios del siglo XVIII todavía era vista por Berlín como una potencia distante y ruda, Federico Guillermo I entendió que la estabilidad de sus fronteras orientales dependía de un trato cordial con los zares. Su obsesión mutua por el orden militar facilitó un entendimiento fluido, libre de los grandes conflictos dinásticos que sí mantendría con Austria. 
Federico II: El esplendor ilustrado y el pacto de conveniencia con Catalina la Grande
La relación de Federico II «el Grande» con Francia dio un giro radical, mudando de la política a la cultura. El joven rey sentía una devoción absoluta por el idioma, la literatura y la filosofía francesas, llegando a mantener una célebre e intermitente amistad epistolar con Voltaire. Sin embargo, esta intensa admiración intelectual no le impidió enfrentarse militarmente a las tropas de Luis XV (sucesor del Rey Sol) en la Guerra de los Siete Años, demostrando que su prioridad absoluta era la razón de Estado por encima de sus simpatías culturales. 
Su vínculo con Catalina la Grande de Rusia constituyó uno de los ejes diplomáticos más fascinantes de la Europa ilustrada. Aunque al principio de su reinado Prusia y Rusia se desangraron en el campo de batalla, el ascenso de Catalina al trono en 1762 reconfiguró las alianzas. Ambos gobernantes compartían el perfil de "déspotas ilustrados": intelectuales, astutos y profundamente ambiciosos. Aunque se miraban con constante recelo y desconfianza personal, supieron forjar una sólida alianza estratégica en 1764. Esta unión no solo garantizó a Federico la seguridad de sus territorios, sino que les permitió coordinarse de manera impecable para llevar a cabo los sucesivos repartos de Polonia, borrando a ese reino del mapa en beneficio de sus respectivos imperios.
POLONIA
El desmembramiento del territorio polaco a finales del siglo XVIII supuso uno de los ejercicios de geopolítica más cínicos y devastadores de la Edad Moderna. El reino de Polonia-Lituania, debilitado por una crónica inestabilidad interna, un sistema de gobierno inoperante y la falta de un ejército moderno, se convirtió en una presa fácil para sus poderosos vecinos absolutistas. Fue Federico II de Prusia quien, con su habitual frialdad estratégica, concibió el plan de los repartos para evitar una guerra abierta entre Rusia y Austria, encauzando las ambiciones de todas las potencias hacia un objetivo común: engullir el Estado polaco.
La alianza de conveniencia entre Federico II y Catalina la Grande de Rusia se materializó en el Primer Reparto de Polonia en 1772. Para el monarca prusiano, esta primera partición fue un triunfo vital, pues logró anexionarse la Prusia Occidental. Aunque territorialmente no fue la porción más grande, esta adquisición unió por fin geográficamente sus territorios dispersos de Brandeburgo y la Prusia Oriental, otorgándole además el control de la crucial desembocadura del río Vístula. Por su parte, Catalina la Grande se cobró su parte en el este, anexionándose vastas regiones de Bielorrusia y consolidando la hegemonía rusa sobre lo que quedaba del debilitado protectorado polaco.
A pesar de los tardíos e institucionales intentos de los polacos por salvar su soberanía, que culminaron en la progresista Constitución de 1791, Catalina la Grande reaccionó con brutalidad enviando a sus ejércitos para aplastar cualquier atisbo de libertad ilustrada en sus fronteras. Esto desencadenó el Segundo Reparto en 1793, del cual Austria quedó excluida, y donde Rusia y Prusia volvieron a devorar enormes franjas de territorio. Prusia se apoderó de las ricas ciudades comerciales de Danzig y Thorn, mientras que Rusia absorbió la mayor parte de Ucrania occidental y Lituania.
El trágico desenlace llegó en 1795 con el Tercer Reparto, precipitado por la heroica pero desesperada insurrección nacional liderada por Tadeusz Kościuszko. Los ejércitos combinados de Rusia, Prusia y Austria aplastaron la resistencia polaca y se dividieron las últimas tierras remanentes, incluida la capital, Varsovia. Con esta última firma, Polonia fue completamente borrada del mapa de Europa por más de un siglo. Federico II —ya fallecido para el último reparto, pero arquitecto de la estrategia— y Catalina la Grande demostraron que, por encima de sus pretensiones de filósofos ilustrados, sus verdaderas prioridades eran la expansión territorial y el equilibrio de poder a expensas de las naciones más débiles.
El rol de Austria: Entre las lágrimas morales y la ambición territorial
La participación del Imperio Austríaco en el desmembramiento de Polonia estuvo marcada por una profunda contradicción interna dentro de la corte de Viena. Durante el Primer Reparto de 1772, la piadosa emperatriz María Teresa I de Austria se opuso firmemente a la operación por motivos morales y religiosos, argumentando que arrebatarle las tierras a una nación soberana era una flagrante violación del derecho divino. [1, 2]
Sin embargo, su hijo y co-regente, el pragmático José II, apoyado por el astuto canciller Wenzel Anton von Kaunitz, la convenció de que si Prusia y Rusia iban a devorar Polonia de todos modos, Austria no podía quedarse de brazos cruzados observando cómo sus rivales se volvían hipervulnerables o demasiado poderosos. Al enterarse de los escrúpulos de la emperatriz mientras firmaba el tratado, Federico II de Prusia pronunció una célebre y cínica frase que definió la postura austríaca: «Llora, pero toma». [1, 2, 3]
En esa primera ronda, Austria se adjudicó la región densamente poblada y rica de Galitzia. Aunque las tensiones posteriores con Prusia por la sucesión de Baviera la dejaron fuera del Segundo Reparto en 1793, el temor a quedar descolgada del balance geopolítico definitivo hizo que Austria regresara con fuerza en el Tercer Reparto de 1795, reclamando activamente su porción final de tierra y devorando el sur del territorio polaco restante junto a Cracovia y Lublin. [1, 2, 3, 5]

La reacción de las potencias occidentales: Indiferencia, impotencia y cálculo geopolítico
En el otro extremo del continente, las grandes potencias de Europa Occidental, principalmente la Francia de Luis XV y Gran Bretaña, contemplaron la desaparición de Polonia con una mezcla de condena retórica e inacción militar absoluta. A nivel de opinión pública e intelectualidad ilustrada, el reparto fue catalogado como un acto de barbarie política; sin embargo, la cruda realidad de la diplomacia dieciochesca dictó que ninguna de las dos naciones movería un solo soldado para salvar a los polacos. 
  • Francia: Tradicionalmente había sido aliada de Polonia, pero se encontraba en una posición de extrema debilidad tras su humillante derrota ante Gran Bretaña en la Guerra de los Siete Años. Además, París acababa de firmar una alianza estratégica con los Habsburgo austríacos. Denunciar el reparto o atacar a los agresores habría significado romper sus propios pactos defensivos y arriesgarse a una guerra total contra tres colosos continentales (Rusia, Prusia y Austria) a la vez. La única maniobra francesa fue presionar indirectamente al Imperio Otomano para que atacara a Rusia, un esfuerzo que fracasó rotundamente en alterar el destino polaco. [1]
  • Gran Bretaña: El gobierno británico estaba completamente sumergido en sus propios intereses mercantiles y marítimos. Londres priorizaba mantener buenas relaciones comerciales con el Imperio Ruso de Catalina la Grande, que proveía materias primas vitales para la Armada Británica. Adicionalmente, Gran Bretaña comenzaba a lidiar con las crecientes tensiones en sus colonias americanas, por lo que la suerte de un reino europeo central y sin salida directa al mar, como Polonia, era vista como un asunto irrelevante para el interés nacional británico.
Para las potencias occidentales, la partición demostró que el concepto del equilibrio de poder ya no se basaba en preservar la integridad de los Estados débiles, sino en permitir que las grandes potencias se expandieran de forma proporcional para evitar guerrear entre sí. 



FUENTES: Sabaté, Victor. Absolutismo y Parlamentarismo. Mondadori. 2017 

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