LOS SOFISTAS Y SU OPOSICIÓN EN ATENAS

 LOS SOFISTAS, ENSEÑANTES "EXTRANJEROS" EN ATENAS, Y SUS DIVERGENCIAS CON LOS FILÓSOFOS CLÁSICOS Y DRAMATURGOS ATENIENSES.


CONTEXTO HISTÓRICO: La segunda mitad del siglo V a.e.c., Atenas vivía sus momentos de mayor división y polémica en cuanto a la división cultural que se avisoraba dentro de su sociedad, en lo referente a como se debía enfocar el discurso para conducir la polis y saberse desenvolver dentro de ella (en resumidas cuentas, lo que hoy llamamos politica). Esta se econtraba dividida en al menos tres frentes particulares, los cuales solo se podian enfrentar SOLO en un ambiente de relativa libertad de expresión, en el derecho de hablar para todos, vale decir, en democracia. Entre estos dos frentes estaban por un lado, los de la aristocracia tradicionalista, que defendian las ancestrales ideas religiosas y de los mitos. Las otras dos eran mas atropocentristas y racionales, como lo fueron los filosofos critcos como los conocido Sócrates, luego Platón y Aristoteles. Por ultimo estaban los recien llegados, extranjeros cultos, sobre todo de la jonia anatólica, conocidos como sofistas, que emigraban a la democrática Atenas, centro del nuevo y rico imperio marítimo (talasocracia) dispuestos a ofrecer sus conocimientos de oratoria y retórica, o "el arte de convencer a la gente".

Sócrates debate contra los sofistas

LOS HECHOS:

Durante el siglo V a.C., la Atenas de la época clásica experimentó una transformación intelectual profunda liderada por pensadores que situaron al ser humano y a la polis en el centro de sus reflexiones. Veamos brevemente las ideas principales de estos maestros filosofos de la vida en la polis, "extranjeros" en Atenas:


 Protágoras de Abdera, una de las figuras más influyentes de este periodo y miembro destacado del círculo intelectual del estratega Pericles, articuló una visión revolucionaria de la sociedad basada en el relativismo gnoseológico. Su célebre máxima que define al hombre como la medida de todas las cosas estructuró una filosofía donde los valores éticos y las instituciones políticas no procedían de verdades eternas, sino de la convención y el consenso comunitario. En el plano religioso, adoptó una postura netamente agnóstica al declarar que la brevedad de la vida y la complejidad del asunto impedían conocer con certeza si los dioses existían o qué forma tenían. Para Protágoras, la mitología debía interpretarse de forma alegórica y pedagógica; la finalidad del Estado era garantizar la convivencia armónica y el progreso moral mediante la justicia y el respeto mutuo, virtudes que consideraba enseñables a través de la educación. En consecuencia, el método adecuado de hacer política se sustentaba en el debate público y el uso pragmático de la retórica para construir leyes que la mayoría de los ciudadanos apoyara socialmente.


Anaxágoras de Clazómenes, aunque centrado prioritariamente en la filosofía de la naturaleza, causó un fuerte impacto en el pensamiento teológico y político del círculo de Pericles al desmitificar los fenómenos celestes. Al postular que el sol era una masa de piedra incandescente y la luna una masa de tierra, desafió la religión tradicional y los mitos populares, lo que le costó una acusación de impiedad. Su racionalismo radical influyó en los sofistas al demostrar que la naturaleza opera bajo principios racionales e impersonales gobernados por el Noûs (Mente), restando legitimidad a los relatos mitológicos como fundamento del orden civil. Esta ruptura con lo sagrado tradicional fortaleció la idea sofista de que las leyes del Estado son construcciones puramente humanas (nómos) y no decretos divinos, reforzando que la política debía gestionarse mediante la razón humana aplicada a los asuntos de la polis.

Gorgias de Leontini llevó el relativismo de la época hacia un escepticismo radical y absoluto. A través de sus famosas tesis sobre el ser, defendió que nada existe, que si algo existiera no podría ser conocido y que si fuese conocido no podría ser comunicado a los demás. Al disolver la posibilidad de una verdad objetiva, la religión y los mitos quedaron reducidos a ficciones culturales o discursos persuasivos. Para Gorgias, el dominio de las pasiones se convertía en una herramienta de control psicológico: la palabra posee el mismo poder sobre el alma que los medicamentos sobre el cuerpo, siendo capaz de infundir miedo, calmar el dolor o avivar el entusiasmo. Su método político se basaba estrictamente en la oratoria epidíctica y la retórica de persuasión, entendiendo que el gobernante ideal no es quien posee una verdad moral abstracta, sino quien domina el lenguaje para modelar la opinión pública y guiar las emociones de la asamblea hacia el beneficio común de la ciudad.

Hipias de Élide aportó una perspectiva distinta al contraponer de forma tajante la ley natural (physis) a las convenciones sociales (nómos). Respecto a los mitos y la religión, adoptó una visión crítica al considerar que las divisiones políticas y las supersticiones religiosas de las ciudades eran barreras artificiales creadas por los seres humanos. Hipias argumentaba que la naturaleza humana es universal y une a todos los hombres como parientes y conciudadanos, mientras que las leyes positivas del Estado actúan frecuentemente como tiranos que violentan esa igualdad natural. Para él, el dominio de las pasiones se alcanzaba mediante la autarquía y un saber enciclopédico, promoviendo un ideal de autosuficiencia individual que liberara al ciudadano de las dependencias externas. La finalidad del Estado debía alinearse con el respeto a esa legalidad natural intrínseca, y su método político ideal consistía en una diplomacia basada en la sabiduría universal, el conocimiento científico y el diálogo racional, superando el localismo y los prejuicios de las leyes particulares a favor de una visión cosmopolita.


LA OPOSICIÓN INTELECTUAL ATENIENSE:

Ese pensamiento racional, que priorizaba el entendimiento humano a través de la razón (lógos) sobre el sometimiento ciego o la voluntad de los dioses, no tardó en causar una férrea oposición por parte de los sectores más tradicionales de la sociedad ateniense. Autores como Esquilo defendieron con vehemencia el orden cósmico tradicional, donde la justicia divina (Díke) y la sumisión a la voluntad de las deidades imperaban sobre la soberbia racionalista del ser humano. 

Esquilo, Sofocles, Aristofanes.

En la literatura de la época, las tensiones de este giro antropológico quedaron nítidamente plasmadas. Mientras que en las tragedias de Esquilo se reafirma constantemente que el destino humano está supeditado a los decretos olímpicos, las obras de Sófocles ya reflejan la honda fractura provocada por el movimiento sofista; personajes como Edipo o Creonte personifican la confianza trágica en la razón de Estado y la autosuficiencia intelectual frente a las leyes no escritas de los dioses, evidenciando los peligros éticos de un nómos puramente secularizado.

El pensamiento sofista transformó la sociedad ateniense y encontró su máxima expresión metodológica en la obra del historiador Tucídides. En su crónica de la Guerra del Peloponeso, Tucídides prescinde de las intervenciones divinas o los prodigios mitológicos tradicionales para explicar la historia, aplicando en su lugar un análisis estrictamente racional, empírico y pragmático de las motivaciones humanas, la ambición política y las dinámicas del poder estatal. 

A pesar de su innegable influencia cultural, los sofistas se convirtieron en blanco de un severo reproche moral por su costumbre de lucrar con la enseñanza. Cobrar elevadas sumas de dinero por transmitir la areté (virtud) y el arte de la retórica era visto por los aristócratas y conservadores como una mercantilización indigna del conocimiento, transformando la educación en un oficio mercenario que ponía el poder de la persuasión al servicio exclusivo de las élites adineradas. Este escenario de escepticismo y pragmatismo mercantil propició los duros y constantes enfrentamientos dialécticos con Sócrates, quien se opuso tajantemente tanto al relativismo moral como al cobro por el saber. A diferencia de los sofistas, Sócrates sostenía que la verdad no era una convención útil sino una realidad objetiva que debía alcanzarse mediante el autoconocimiento y el diálogo guiado por la mayéutica.

El planteamiento socrático, fundamentado en la honestidad intelectual y la búsqueda desinteresada del bien, acabó teniendo un mayor magnetismo y gancho en la juventud más brillante de Atenas. Paradójicamente, un ejemplo paradigmático de esta arrolladora influencia fue el célebre político y general Alcibíades. Aunque la desbordante ambición y el pragmatismo posterior de Alcibíades reflejaron las peores desviaciones del individualismo sofista, su profunda y tormentosa devoción juvenil hacia Sócrates (descrita vívidamente por Platón) demostró el inmenso poder de atracción que poseía el método socrático para cautivar las almas de aquellos que, desencantados de la retórica comercializada, buscaban en la filosofía una verdad y una autenticidad existencial que los sofistas no podían ofrecer.

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