La Estrategia de la Devastación en la antigua Grecia.

 LA ESTRATEGIA DE LA DEVASTACIÓN Y SU EFECTO EN LA GUERRA HOPLITA, HASTA SU DECAIDA A MEDIADOS DEL SIGLO IV de.e.c.


La llamada “estrategia de la devastación” fue uno de los rasgos fundamentales de la guerra entre poleis en la Grecia arcaica y clásica. En una civilización donde la riqueza dependía casi enteramente de la tierra cultivable, atacar los campos enemigos equivalía a atacar directamente la supervivencia económica y política de la comunidad rival. 

La guerra hoplítica, tradicionalmente asociada a la batalla frontal entre falanges de ciudadanos armados, en realidad se sostenía sobre una lógica agrícola: destruir cosechas, incendiar olivares, cortar viñedos y saquear reservas rurales para obligar al adversario a aceptar una batalla decisiva en terreno abierto.


Durante la época arcaica existían muchas más poleis independientes que en el período clásico. El mundo griego estaba fragmentado en pequeñas comunidades agrícolas que competían constantemente por las mejores tierras fértiles. En regiones limitadas como Eubea, Beocia o el Peloponeso, la presión demográfica y la necesidad de controlar llanuras cultivables empujaron a guerras frecuentes. El ejemplo tradicional de la guerra entre Calcis y Eretria en Eubea, conocida como la Guerra Lelantina, refleja precisamente esta dinámica: el conflicto no se originaba tanto en diferencias ideológicas como en la posesión de la fértil llanura de Lelanto. En estos enfrentamientos tempranos, las poleis más fuertes absorbieron gradualmente a las más pequeñas, destruyendo su autonomía política y anexando sus territorios agrícolas.


La devastación del campo tenía un objetivo militar muy preciso. La polis atacada dependía de un calendario agrícola rígido; si no podía cosechar el trigo, la cebada, las aceitunas o el vino antes de la llegada del enemigo, el hambre amenazaba a la población durante el año siguiente. Permanecer detrás de las murallas podía salvar momentáneamente a la ciudad, pero implicaba perder la cosecha y consumir las reservas almacenadas para la próxima estación agrícola. De esta manera, el invasor esperaba que la presión económica obligara a los ciudadanos enemigos a salir a combatir en una batalla hoplítica. La falange, por tanto, no era solamente un sistema táctico, sino el desenlace de una coerción económica previa.


En la Grecia arcaica y buena parte de la clásica, el combate decisivo entre hoplitas ciudadanos era considerado la forma “normal” y legítima de resolver conflictos. Las campañas solían ser breves, coincidiendo con el verano y el tiempo de cosecha. Los ejércitos devastaban el territorio enemigo y esperaban provocar una respuesta. Si el adversario aceptaba la batalla y era derrotado, normalmente debía ceder tierras, aceptar tributos o reconocer la hegemonía rival. Así, la guerra funcionaba también como un mecanismo de concentración política: muchas pequeñas comunidades desaparecieron o quedaron subordinadas a centros regionales más poderosos como Esparta, Tebas o Atenas.


La Guerra del Peloponeso mostró las limitaciones y contradicciones de este sistema. En la llamada Guerra Arquidámica, iniciada en 431 a.C., Esparta aplicó sistemáticamente la estrategia tradicional de devastación contra el Ática. Cada verano, el ejército peloponesio invadía el territorio ateniense y destruía cultivos, aldeas y propiedades rurales. La expectativa espartana era que Atenas, al ver arruinada su base agrícola, se viera obligada a presentar batalla terrestre.


Sin embargo, Pericles desarrolló una estrategia completamente distinta. Atenas evitó deliberadamente el combate hoplítico directo contra Esparta y se refugió tras los Muros Largos, manteniendo el acceso al puerto del Pireo y, por tanto, al abastecimiento marítimo. La ciudad podía importar grano desde el mar Negro y otras regiones aliadas, algo imposible para la mayoría de las poleis griegas. Esta decisión alteró profundamente la lógica tradicional de la guerra griega.


La estrategia de Pericles provocó fuertes tensiones internas. Muchos ciudadanos rurales del Ática veían cómo sus campos eran destruidos año tras año mientras permanecían inactivos dentro de la ciudad abarrotada. Los acarnienses, habitantes de Acarnas, una de las regiones agrícolas más importantes del Ática, fueron especialmente hostiles a la política de evitar la batalla. Aristófanes reflejó esta situación en su comedia Los acarnienses, donde aparecen campesinos frustrados por la devastación espartana. Para estos sectores, la destrucción de olivares y viñedos significaba no solo una pérdida inmediata, sino la ruina de generaciones, ya que un olivo tardaba muchos años en volver a producir. La tensión entre la estrategia racional de Pericles y las necesidades materiales de los campesinos muestra hasta qué punto la guerra de devastación afectaba la cohesión social de las poleis.


La concentración masiva de población dentro de Atenas también contribuyó a la propagación de la famosa peste ateniense, que debilitó gravemente a la ciudad y causó la muerte del propio Pericles. Paradójicamente, la estrategia destinada a evitar una derrota terrestre inmediata generó una crisis demográfica y política interna de enormes proporciones.


El asedio seguía siendo una actividad excepcional y costosa. Las ciudades griegas clásicas no poseían todavía una tecnología de asedio suficientemente desarrollada para tomar murallas rápidamente. Construir líneas de circunvalación, mantener tropas durante meses y abastecerlas resultaba extremadamente caro. Por ello, la mayoría de las campañas preferían devastar el territorio antes que emprender largos asedios.


El caso de Potidea fue uno de los ejemplos más claros. El asedio ateniense iniciado en 432 a.C. consumió enormes recursos financieros y humanos. Atenas tuvo que mantener fuerzas durante años para bloquear la ciudad, pagar soldados y sostener operaciones navales. Tucídides subraya el peso económico que esta empresa representó para la tesorería ateniense. El asedio se convirtió en un ejemplo de cómo la guerra prolongada podía destruir incluso las finanzas de una gran potencia marítima.


Otros casos semejantes aparecieron durante la Guerra del Peloponeso. El asedio de Platea por espartanos y beocios duró varios años y requirió enormes esfuerzos de ingeniería rudimentaria: rampas de tierra, incendios y murallas de bloqueo. Incluso así, el resultado dependió más del hambre y el agotamiento que de una ruptura militar directa de las defensas. De manera similar, el asedio ateniense de Siracusa terminó en desastre precisamente porque las fortificaciones y contra-fortificaciones transformaron la campaña en una guerra de desgaste extremadamente difícil.


Por estas razones, muchas veces el objetivo principal del asediante era provocar una rendición interna, fomentar traiciones o explotar divisiones políticas dentro de la ciudad enemiga. Las facciones oligárquicas o democráticas podían colaborar con el atacante si creían obtener ventajas políticas. En numerosos casos, las ciudades caían no por el derribo físico de las murallas, sino porque una puerta era abierta desde dentro, porque el hambre obligaba a capitular o porque una facción negociaba la entrega.


La transformación decisiva llegó en el siglo IV a.C., cuando las técnicas de asedio comenzaron a desarrollarse rápidamente. El debilitamiento general de las poleis tras décadas de guerras creó un ambiente favorable para la innovación militar. En este contexto destacó Poliidio de Tesalia, ingeniero militar asociado a Filipo II de Macedonia. Bajo el mando macedonio, la guerra dejó de depender exclusivamente de la devastación agrícola y la batalla hoplítica tradicional.

Poliidio perfeccionó y sistematizó el empleo de máquinas de asedio, especialmente torres móviles, arietes protegidos y artillería de torsión. Estas nuevas armas utilizaban haces de tendones retorcidos para lanzar proyectiles con una potencia muy superior a los antiguos arcos o catapultas primitivas. La artillería podía dañar murallas, barrer defensores de las almenas y abrir brechas que antes eran extremadamente difíciles de conseguir.


El efecto estratégico fue revolucionario. Hasta entonces, las murallas habían garantizado la supervivencia de muchas poleis incluso después de perder sus campos. Con la nueva tecnología macedonia, las ciudades ya no podían confiar plenamente en permanecer tras sus defensas esperando que el enemigo se retirara por falta de recursos. Filipo II combinó la falange macedonia, la caballería y la ingeniería de asedio en un sistema militar mucho más flexible y permanente que la antigua guerra estacional de ciudadanos hoplitas.


La consecuencia final fue el declive del modelo clásico de polis autónoma. La antigua lógica de devastar cultivos para forzar una batalla entre iguales perdió eficacia frente a ejércitos profesionales capaces de tomar ciudades mediante asedio técnico. La guerra dejó de ser una confrontación breve entre agricultores-ciudadanos y pasó a convertirse en una actividad especializada, continua y dominada por grandes monarquías territoriales. Con Filipo II y luego Alejandro Magno, el mundo militar griego entró definitivamente en una nueva era.

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