TURIOS, sueño panhelénico de Pericles
TURIOS, EL SUEÑO PANHELÉNICO DE PERICLES EN LA MAGNA GRECIA.
CONTEXTO HISTÓRICO: Luego de la victoria griega sobre los persas en las Guerras Médicas, Atenas formó la Liga de Delos, como un acuerdo defensivo contra el aun amenazante imperio persa. En esta Liga no se incluyó a Esparta, porque esta ya lideraba la Liga del Peloponeso. De facto, se reconocía una hegemonía terrestre espartana y otra maritima ateniense.
La política externa de Pericles se limitaba al Mar Egeo, con fundación de verdaderas colonias dependientes de Atenas (alejándose de la tradicional colonia independiente pero con conexiones de cultura y linaje), las nuevas colonias funcionaban como avsnzadilla del Imperio naval ateniense, una nueva talasocracia.
Pericles pensó entonces en crear una nueva colonia en el sur de Italia, pero a diferencia de las anteriores, no estaría compuestas solo de habitantes del Atica, sino de griegos de origen tanto dorio, eólicos y jonios.
LOS HECHOS: "Cuando el polvo de las guerras médicas aún no se había asentado del todo" (estamos en la época de los 50 años posteriores al final de las Guerras Médicas, la Pentacontaetia) Atenas comenzaba a pensarse a sí misma como algo más que una polis entre otras, Pericles miró entonces hacia Occidente. Allí, en las fértiles llanuras del golfo de Tarento, yacía el recuerdo de una ciudad muerta: Síbaris, antaño sinónimo de riqueza y refinamiento, arrasada décadas atrás por la violencia implacable de Crotona. Aquel vacío no era solo geográfico; era también simbólico. En él, Pericles vio la oportunidad de fundar algo nuevo: no una colonia ateniense al uso, sino una ciudad panhelénica, una síntesis del mundo griego bajo el liderazgo moral e intelectual de Atenas.
Así nació el proyecto de Turios (Thurii), hacia el año 444/443 a. C. Su origen no fue el impulso de la necesidad, como en las viejas colonizaciones arcaicas, sino el de la ambición política y cultural. Pericles deseaba crear una ciudad que fuese escaparate del ideal ateniense: una comunidad ordenada por leyes racionales, abierta a griegos de diversas poleis, y organizada conforme a principios que reflejaran la confianza del siglo de Pericles en la razón, la educación y la ley escrita. No por casualidad, entre los fundadores figuraban nombres como Heródoto y el legislador Protágoras, llamados a dar a la nueva ciudad una constitución digna de su pretensión universal.
Turios debía ser, ante todo, un experimento. Panhelénica en su composición, pero ateniense en su inspiración, pretendía demostrar que Atenas podía liderar el mundo griego no solo por la fuerza de sus trirremes, sino por la superioridad de su modelo político y cultural. Además, la ciudad aseguraba a Atenas una presencia estratégica en la Magna Grecia, una región rica en recursos agrícolas y situada en un cruce vital de rutas comerciales entre el Mediterráneo oriental y occidental.
Sin embargo, el ideal chocó pronto con la realidad. El emplazamiento de Turios, cercano al antiguo territorio sibarita, reavivó viejos resentimientos. Los supervivientes de Síbaris, dispersos y humillados, reclamaron derechos sobre la tierra y sobre la identidad de la nueva ciudad. Para ellos, Turios no debía ser una fundación nueva, sino una restauración de su antigua polis. Los colonos panhelénicos, en cambio, rechazaron estas pretensiones, temerosos de que el recuerdo de la antigua oligarquía sibarita contaminase el nuevo orden. El conflicto terminó con la expulsión definitiva de los sibaritas, sellando la ruptura entre pasado y presente y dejando claro que Turios no miraría atrás.
Más grave aún fue el enfrentamiento con Tarento. Esparta había fundado Taras siglos antes, y aquella ciudad doria veía con recelo cualquier expansión ateniense en su entorno. Turios, con su carácter panhelénico, no ocultaba su cercanía ideológica a Atenas, y su crecimiento económico amenazaba el equilibrio regional. Tarento interpretó la nueva ciudad como una intrusión política y comercial, una avanzada del poder ateniense en un territorio donde Esparta mantenía una influencia histórica. Las disputas por las fronteras, por las tierras fértiles y por el control de rutas comerciales desembocaron en tensiones abiertas y, finalmente, en enfrentamientos armados.
Así, Turios quedó atrapada entre su vocación universal y la dura lógica de la política griega. Concebida como una ciudad del futuro, acabó envuelta en las rivalidades del presente. Atenas había querido plantar en Occidente una imagen de sí misma: racional, abierta y hegemónica. Pero en la Magna Grecia, donde las memorias eran largas y los equilibrios frágiles, aquel ideal no podía existir sin provocar resistencia. Turios nació como un sueño panhelénico bajo el amparo de Pericles, pero su historia temprana reveló que incluso los sueños más elevados, cuando se encarnan en piedra y tierra, deben enfrentarse a la sombra del conflicto.
EL FINAL DEL IDEALISTA PRIMER EXPERIMENTO PANHELÉNICO : El choque con Tarento, largamente anunciado por la tensión latente, terminó por estallar cuando las disputas fronterizas dejaron de resolverse con embajadas y pasaron al lenguaje irrevocable de las armas. Los tarentinos, seguros de su antigüedad en la región y respaldados por su identidad doria y su cercanía ideológica a Esparta, movilizaron a sus hoplitas con la convicción de estar defendiendo un orden legítimo. Frente a ellos, Turios reunió un ejército heterogéneo, reflejo de su propia naturaleza: ciudadanos procedentes de diversas poleis, unidos más por un ideal común que por una tradición compartida de guerra.
El enfrentamiento fue desigual. Tarento combatía como una ciudad que defendía su casa; Turios, como una ciudad que aún estaba aprendiendo a serlo. La disciplina y la experiencia tarentina se impusieron, y los turios sufrieron una derrota que marcó el fin de sus aspiraciones de hegemonía regional. No fue una aniquilación total, pero sí un golpe decisivo: la ciudad perdió territorios, prestigio y, sobre todo, la confianza en el sueño panhelénico que había presidido su fundación. Muchos colonos abandonaron la polis, otros se replegaron a una vida más modesta, y Turios quedó reducida a una existencia precaria, dependiente de alianzas cambiantes para sobrevivir en un entorno hostil.
Con el tiempo, aquella ciudad concebida como faro del helenismo occidental se convirtió en una comunidad vulnerable, obligada a buscar protección primero entre sus vecinos y, más adelante, en potencias no griegas que comenzaban a asomar en el horizonte italiano. El ideal de Pericles, trasladado a la dura tierra de la Magna Grecia, había demostrado su fragilidad frente a la persistencia de las viejas rivalidades.
En Atenas, Pericles no cayó por Turios. Su prestigio seguía apoyado en la prosperidad de la ciudad, en el esplendor de la Acrópolis y en la solidez de su liderazgo durante décadas. Sin embargo, el proyecto occidental fue visto con ambigüedad. Para sus partidarios, Turios había sido una empresa noble, una afirmación de que Atenas podía civilizar sin conquistar, liderar sin imponer una tiranía abierta. Para sus críticos, en cambio, fue una prueba de exceso de confianza, una muestra de la hybris ateniense: la creencia de que su modelo podía imponerse en cualquier lugar sin pagar un precio.
Las demás poleis observaron el episodio con atención. Esparta y sus aliados lo interpretaron como una confirmación de sus temores: Atenas no solo dominaba el Egeo, sino que aspiraba a extender su influencia hasta los confines del mundo griego. Incluso entre ciudades neutrales o aliadas surgió una inquietud silenciosa: si Atenas podía fundar Turios en Occidente, ¿qué otros proyectos podían seguir? Así, el fracaso parcial de la colonia no disipó la desconfianza; al contrario, reforzó la idea de que Atenas pensaba en términos imperiales, aunque envolviera sus actos en el lenguaje de la cultura y el panhelenismo.
De este modo, Turios quedó como una herida discreta en la biografía política de Pericles: no lo derribó, pero sí reveló los límites de su visión. La ciudad había sido concebida como una promesa de armonía helénica y terminó siendo una advertencia. En el mundo griego del siglo V a. C., los ideales podían inspirar fundaciones, pero eran las rivalidades, las memorias y la fuerza las que decidían su destino final.
EL PERICLES GUERRERO: EL SOMETIMIENTO A LA ISLA DE SAMOS.
INICIOS DEL IMPERIALISMO ATENIENSE
CONTEXTO HISTÓRICO: La creación de la Liga de Delos comenzó como una alianza entre poleis o ciudades estados "iguales", pero siendo una iniciativa de Atenas, se le llama históricamente Liga Delio Atica: Atenas pedía como colaboración naves de guerra (trirremes) o en su defecto un impuesto llamado "phoros", que se volvería cada vez mas pesado y exigente para los por ahora aliados.
En la Liga Delio Atica no todas las poleis compartían al mismo sistema político, algunas eran democráticas y otras eran oligárquicas. Esto al inicio fue respetado por Atenas, pero al final la ciudad líder trató de imponer en lo posible la democracia en las demas poleis.
Solo existían tres "poleis" centinelas, exentas del pago del phoros, con grandes flotas y no democráticas, eran Samos Naxos y Tasos...asi comenzarían los conflictos dentro de la inicial alianza.
LOS HECHOS:
La isla de Samos, rica y orgullosa, se alzaba en el Egeo como una aliada incómoda para Atenas. No era una polis menor: su flota, su prosperidad comercial y su tradición oligárquica la hacían sentirse casi igual entre iguales dentro de la Liga de Delos. Precisamente por eso, cuando estalló el conflicto con Mileto hacia el 440 a. C., la cuestión dejó de ser un simple litigio regional y se convirtió en una prueba decisiva para el liderazgo ateniense y para la política de Pericles.
Atenas, bajo la guía de Pericles, había transformado la Liga de Delos en un auténtico imperio marítimo. Lo que en su origen fue una alianza defensiva contra Persia se había convertido, con el traslado del tesoro a la Acrópolis, en un sistema de hegemonía donde Atenas decidía, arbitraba y castigaba. Samos era una excepción peligrosa: no pagaba tributo, conservaba su flota y mantenía un régimen oligárquico. Mientras otras poleis aceptaban la tutela ateniense a cambio de protección, Samos reclamaba autonomía real.
El conflicto con Mileto —ciudad aliada y más dócil— ofreció a Pericles una ocasión clara. Atenas intervino como árbitro, pero su fallo favoreció a Mileto y fue acompañado por una exigencia política: Samos debía aceptar un régimen democrático y someterse más estrechamente a la autoridad ateniense. Para los samios, aquello fue una humillación; para Pericles, una necesidad estratégica. Permitir que una ciudad poderosa desafiara abiertamente el orden imperial habría alentado rebeliones en cadena.
La respuesta de Samos fue la revuelta abierta. Depuso el gobierno impuesto por Atenas, tomó rehenes y desafió la autoridad de la Liga. Pericles reaccionó con rapidez. Con una flota considerable llegó a la isla, derrotó inicialmente a los samios y estableció un bloqueo. Pero la guerra no fue breve ni fácil. Samos resistió con determinación, obtuvo apoyos discretos del entorno persa y puso a prueba la capacidad ateniense para sostener una guerra prolongada contra un aliado rebelde.
Durante meses, el asedio fue una lucha de desgaste. Atenas desplegó recursos enormes: dinero, hombres y prestigio. Pericles, más político que general temerario, comprendía que no bastaba con vencer militarmente; había que dar un escarmiento ejemplar. Finalmente, Samos cayó. Sus murallas fueron derribadas, su flota confiscada y se le impuso una indemnización pesada, pagadera durante años. El mensaje era inequívoco: la desobediencia no sería tolerada.
La victoria fue completa desde el punto de vista estratégico. Atenas reafirmó su dominio en el Egeo oriental y sofocó uno de los desafíos más serios a su autoridad. Ninguna otra polis importante se atrevió a imitar a Samos en el corto plazo. La Liga quedó, de hecho, más cohesionada por el miedo que por la lealtad.
Sin embargo, el precio fue alto. El esfuerzo económico fue enorme y la guerra dejó al descubierto la naturaleza real del poder ateniense: ya no era una hegemonía consensuada, sino un imperio que imponía su voluntad por la fuerza.
Consecuencias políticas y morales
Para Pericles, la campaña de Samos fue una victoria ambigua. En Atenas, muchos lo celebraron como el garante del orden y de la seguridad imperial. Había demostrado que la democracia ateniense era fuerte, capaz de dirigir un imperio y de castigar a quienes lo desafiaban. Su prestigio personal salió reforzado: el estratego había vencido sin recurrir a aventuras temerarias y había preservado la estabilidad general.
Pero también surgieron críticas profundas. ¿Cómo podía Atenas proclamarse defensora de la libertad y la democracia mientras aplastaba por la fuerza la autonomía de sus aliados? La imposición de un régimen democrático en Samos, respaldada por las armas, mostraba una paradoja inquietante: la democracia ateniense se exportaba como una forma de control, no como una elección libre.
Pericles y la democracia ateniense al final
Al término de la campaña, Pericles emerge como una figura compleja y poderosa. Su política democrática en Atenas sigue intacta: participación ciudadana, pago por cargos públicos, protagonismo de la Asamblea. Pero esa democracia, hacia el exterior, se sostiene sobre la coerción imperial. Atenas es libre para sus ciudadanos, pero implacable con quienes dependen de ella.
Samos se convierte así en un símbolo del siglo de Pericles: esplendor cultural y político en el centro, dureza y dominación en la periferia. Pericles queda como el arquitecto de ese equilibrio tenso, admirado por su visión y criticado por la contradicción que encierra. La isla sometida, las murallas caídas y el tributo impuesto anuncian una verdad que el tiempo confirmará: el imperio ateniense, sostenido por la democracia interna y la fuerza externa, ha alcanzado su apogeo, pero también ha sembrado las semillas de futuras resistencias y conflictos.


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