Primera Internacional SOCIALISTA
SOCIALISTAS MARXISTAS vs ANARQUISTAS
LA PRIMERA INTERNACIONAL o ASOCIACIÓN INTERNACIONAL DE TRABAJADORES.
(Una visualización radical de la "izquierda", que no es la mía, mas "reformista" dentro del Estado liberal democrático capitalista.)
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| Marx y Engels proponen la dictadura del proletariado como transición a la eliminación. de las desigualdades y del Estado. |
En el otoño de 1864, en una sala cargada de humo y expectativas en Londres, nació la Asociación Internacional de los Trabajadores, la Primera Internacional. No era un partido ni una iglesia ideológica: era un cruce tumultuoso de lenguas, tradiciones obreras y sueños de emancipación. Desde el principio, aquella unión estuvo marcada por una tensión profunda, casi trágica, entre dos maneras irreconciliables de concebir la liberación del proletariado.
El núcleo marxista: organización, política y poder
Karl Marx, acompañado intelectualmente por Friedrich Engels, observaba la Internacional con la mirada del estratega histórico. Para ellos, el proletariado no podía emanciparse solo con gestos morales ni con explosiones espontáneas de rebeldía. La historia —pensaban— avanzaba por leyes materiales, y la clase obrera debía comprenderlas y actuar en consecuencia.
En los congresos y comités, Marx defendía con paciencia implacable una idea central:
la clase obrera debía organizarse como fuerza política, conquistar el poder del Estado y utilizarlo como instrumento transitorio para destruir las viejas relaciones de clase. Esa fase, que más tarde se llamaría dictadura del proletariado, no era para él un despotismo, sino un puente histórico: el poder de la mayoría para abolir las condiciones que hacían necesario todo poder.
Engels reforzaba esta visión con ejemplos históricos y militares: las revoluciones fracasan —advertía— cuando desprecian la organización, la disciplina y la comprensión del enemigo. Sin partido, sin estrategia, sin una acción coordinada a escala nacional e internacional, la clase obrera estaba condenada a ser derrotada una y otra vez.
El desafío anarquista: libertad contra autoridad
Frente a ellos se alzaba Mijaíl Bakunin, una figura volcánica, carismática, profundamente desconfiada de toda forma de autoridad. Donde Marx veía una herramienta histórica, Bakunin veía un monstruo. El Estado, incluso en manos obreras, no podía ser emancipador: solo produciría una nueva clase dominante, una burocracia roja que oprimiría al pueblo en nombre de su liberación.
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| Bakunin veía en l dictadura del proletariado otro instrumento de opresión que sustituye al burgués. |
Bakunin defendía una revolución inmediata y total, basada en la acción directa, la insurrección espontánea y la destrucción simultánea del Estado, la Iglesia y el capital. Para él, la libertad no podía aplazarse ni administrarse: debía nacer de abajo hacia arriba, a través de federaciones libres de trabajadores y comunas autónomas.
A su lado, aunque desde una tradición distinta, flotaba la sombra de Pierre-Joseph Proudhon. El viejo mutualista francés, ya fallecido, seguía influyendo en muchos delegados con su rechazo tanto del Estado como del comunismo centralizado. Proudhon soñaba con una sociedad de productores libres, unidos por contratos justos, sin revolución violenta ni dictadura de ningún tipo. Marx lo consideraba ingenuo; Bakunin, insuficientemente radical.
El choque inevitable
Las discusiones dentro de la Internacional no eran meramente teóricas: eran combates por el futuro de la revolución.
Marx acusaba a Bakunin de fomentar el caos y de negar la necesidad de una estrategia real. Bakunin acusaba a Marx de autoritarismo encubierto, de querer sustituir al zar y al burgués por el comité central y el partido.
El conflicto estalló abiertamente tras la Comuna de París (1871). Para Marx, la Comuna demostraba que el proletariado podía tomar el poder político y empezar a destruir el viejo Estado desde dentro. Para Bakunin, confirmaba exactamente lo contrario: cualquier forma de poder centralizado, incluso revolucionario, estaba condenada a ser aplastada o a corromperse.
Ruptura, resultados y consecuencias
En el Congreso de La Haya de 1872, la ruptura se volvió irreversible. Bakunin fue expulsado de la Internacional, acusado de conspiraciones internas y de socavar la organización. Poco después, la sede del Consejo General se trasladó a Nueva York, una decisión que, en la práctica, marcó el fin de la Primera Internacional como fuerza viva en Europa.
Las consecuencias fueron profundas y duraderas:
El movimiento obrero quedó dividido en dos grandes tradiciones:
el socialismo marxista, orientado a partidos, sindicatos y lucha política;
y el anarquismo, centrado en la acción directa, el federalismo y la desconfianza radical hacia el Estado.
Los partidos socialdemócratas y comunistas del siglo XX heredaron la visión de Marx y Engels.
Los movimientos libertarios, anarcosindicalistas y autogestionarios bebieron de Bakunin y, en menor medida, de Proudhon.
La Primera Internacional fracasó como organización unitaria, pero triunfó como laboratorio histórico: allí se formularon las grandes preguntas que seguirían dividiendo a la izquierda durante más de un siglo.
Así, en aquellas discusiones encendidas de la década de 1860, no solo se enfrentaron hombres e ideas, sino dos concepciones antagónicas de la libertad. Una confiaba en la conquista del poder para abolirlo; la otra, en destruirlo para no reproducir jamás la dominación. El eco de ese conflicto aún resuena cada vez que la izquierda se pregunta cómo —y a qué precio— puede emanciparse la humanidad.


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