EVOLUCIÓN DE LA ENTIDAD POLÍTICA EN LA ANTIGUA GRECIA
DE LA GRECIA ARCAICA A LA CONQUISTA ROMANA: EVOLUCIÓN DE LA ENTIDAD POLÍTICA EN LA ANTIGUA GRECIA : De la ciudad estado minoico/micenicas, al auge de las poleis, los reinos macedonio y helenísticos, el poder de las federaciones o Ligas hasta el sistema económico militar integrador de socios, con Roma.
DE LOS REYES MICÉNICOS A LAS POLEIS:
En la Grecia más antigua, durante la época micénica, la organización política giraba en torno a pequeños reinos encabezados por un rey, el wanax, que concentraba funciones militares, religiosas y administrativas. A su alrededor existía una nobleza guerrera que participaba en las expediciones y en la defensa del territorio. Con el colapso del mundo micénico hacia el siglo XII a. C., lo que la tradición recuerda como los “tiempos oscuros”, este sistema se desintegra. Desaparecen los palacios, se rompe la escritura y el poder central se fragmenta. En este contexto surgen figuras locales de liderazgo, a veces llamadas basileis, que no son ya grandes reyes palaciales, sino jefes de comunidades más pequeñas.
Con el paso del tiempo, estos núcleos de población empiezan a agruparse. Aldeas cercanas se unen por razones de defensa, de comercio y de culto común, dando origen a las poleis, las ciudades-estado características de la Grecia clásica. La polis no era solo una ciudad física, sino una comunidad política de ciudadanos que compartían leyes, dioses y un sentido de pertenencia. Este proceso fue especialmente visible en la llamada “era olímpica”, cuando los griegos ya se reconocen como parte de una cultura común, aunque políticamente estuvieran divididos.
Esparta y Atenas representan dos modelos distintos dentro de este mundo de las poleis. Esparta, de origen dórico, desarrolló un sistema muy orientado a la guerra y a la disciplina colectiva. Su sociedad se organizó para mantener sometida a la población dependiente, los ilotas, lo que llevó a un fuerte control interno y a una educación militarizada. El poder se repartía entre dos reyes, un consejo de ancianos y magistrados, lo que buscaba evitar la concentración de poder en una sola persona. Atenas, de raíz jonia, siguió un camino diferente. Tras pasar por etapas de monarquía y aristocracia, fue abriendo el poder político a sectores cada vez más amplios de la población hasta llegar a la democracia. En Atenas, el ciudadano (solo los hombres atenienses y mayores de 30 años, no los extranjeros ni la gran mayoria esclava de la población) participaba directamente en la asamblea y se implicaba en las decisiones de la ciudad, lo que fomentó una intensa vida política y cultural.
La crisis de la polis y el ascenso de Macedonia:
Las grandes guerras de los siglos V y IV a. C., primero contra los persas y luego entre las propias poleis en conflictos como la Guerra del Peloponeso, debilitaron profundamente a las ciudades griegas. Aunque las victorias contra Persia dieron prestigio a algunas poleis, también alimentaron rivalidades, agotaron recursos y provocaron inestabilidad interna. Muchas ciudades quedaron empobrecidas, con tensiones sociales y con menor capacidad para defender su autonomía.
En este contexto aparece el reino de Macedonia como una nueva potencia. Bajo Filipo II y luego Alejandro Magno, Macedonia impuso su hegemonía sobre Grecia. La polis no desapareció, pero dejó de ser el centro del poder político independiente. Con las conquistas de Alejandro surgieron los grandes reinos helenísticos, como el de los seléucidas en Asia o el de los ptolomeos en Egipto. Estos reinos se convirtieron en los actores dominantes del mundo griego.
La relación entre los reinos helenísticos y las poleis fue ambigua, pero también beneficiosa para ambos. Los reyes necesitaban a las ciudades como centros administrativos, económicos y culturales; en ellas se recaudaban impuestos, se reclutaban soldados y se legitimaba el poder mediante el apoyo de las élites locales. A su vez, muchas poleis se beneficiaron de la protección de los reinos, de inversiones en obras públicas, de privilegios comerciales y de la integración en redes más amplias de intercambio. Aunque perdieron plena independencia, ganaron estabilidad en un mundo más amplio e interconectado.
Ligas griegas, Macedonia y la figura de Arato:
En los siglos III y II a. C., el mapa político griego se volvió aún más complejo. Junto a los grandes reinos, surgieron ligas de ciudades, como la Liga Etolia y la Liga Aquea, que buscaban defender la autonomía de las poleis mediante la unión. Estas ligas ( La Liga etólica salvo a Grecia de la invasión celta galata) funcionaban como federaciones: las ciudades mantenían su identidad, pero compartían política exterior y defensa común.
Los reinos, como el macedonio, tuvieron que competir con estas ligas por la influencia en Grecia. Un personaje clave en este juego de alianzas fue Arato de Sición, líder de la Liga Aquea. Al principio, Arato se mostró claramente antimacedonio, intentando liberar ciudades del control de los reyes macedonios y fortalecer la autonomía de la liga. Impulsó reformas que buscaban integrar más ciudades en la federación y darles un marco político común, con instituciones compartidas y decisiones colectivas.
Sin embargo, el equilibrio de poder cambió con la aparición de nuevas amenazas, como el rey espartano Cleómenes III, que intentó reformar Esparta de manera radical para devolverle su antigua fuerza militar. Las reformas de Cleómenes, que incluían la redistribución de tierras y la ampliación del cuerpo ciudadano, tenían como objetivo fortalecer el Estado espartano y desafiar la hegemonía de la Liga Aquea. Ante este peligro, Arato, que veía en Cleómenes una amenaza mayor que Macedonia, acabó aliándose con los macedonios. Esta decisión muestra hasta qué punto las alianzas en el mundo helenístico eran pragmáticas: antiguos enemigos podían convertirse en aliados si el contexto lo exigía. A corto plazo, la alianza con Macedonia ayudó a frenar a Esparta, pero a largo plazo reforzó la influencia macedónica en Grecia, limitando aún más la autonomía de las poleis.
El SISTEMA ROMANO y la derrota de los reinos helenísticos
Mientras en Grecia y el Mediterráneo oriental dominaban reinos y ligas, en Italia se consolidaba un modelo político distinto: el romano. Roma no se limitó a conquistar territorios, sino que desarrolló un sistema de colonias y alianzas que integraba progresivamente a las poblaciones sometidas. A muchas comunidades se les concedían distintos grados de ciudadanía romana o derechos cercanos a ella. Esto hacía que los aliados de Roma no fueran solo súbditos, sino socios interesados en la expansión del poder romano, ya que obtenían beneficios legales, protección y oportunidades económicas.
Este sistema permitió a Roma movilizar enormes recursos humanos. Al contar con una amplia base de ciudadanos y aliados con obligaciones militares, Roma podía reclutar legiones de manera constante, incluso después de sufrir grandes derrotas.
Durante la guerra contra Aníbal, por ejemplo, Roma fue capaz de reponer sus ejércitos una y otra vez, mientras que Cartago, con un sistema distinto y más dependiente de mercenarios y aliados lejanos, no pudo enviar refuerzos suficientes a su general en Italia. La falta de apoyo continuo desde Cartago fue una de las razones clave por las que Aníbal, pese a sus victorias iniciales, terminó perdiendo la guerra. Una vez consolidada su hegemonía en Italia, Roma proyectó su poder hacia el Mediterráneo oriental.
Los reinos helenísticos, divididos entre sí y con estructuras políticas menos integradoras que la romana, fueron cayendo uno a uno frente a la expansión romana. Roma supo aprovechar rivalidades internas, presentarse a veces como “libertadora” de las ciudades griegas y, al mismo tiempo, imponer su dominio militar. Así, el modelo romano, basado en la integración progresiva de territorios y poblaciones, terminó imponiéndose sobre el mundo de las poleis y los reinos helenísticos, marcando el paso de la hegemonía griega a la romana en el Mediterráneo antiguo.

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