CULTO A GUERREROS GRIEGOS EN VID

CULTO A GUERREROS GRIEGOS EN VIDA. IDOLATRISMOS DE CONVENIENCIA POR FATIGA A LARGAS GUERRAS. 


En las ciudades-estado griegas, las poleis, la religión estaba unida a la vida política y social. Los dioses protegían a la ciudad, daban victorias en la guerra y garantizaban el orden. En este mundo, rendir culto a un ser humano en vida era algo extraño y, durante mucho tiempo, casi impensable.


 Los griegos honraban a los héroes del pasado, como Heracles o Aquiles, pero eran figuras míticas o semidivinas, no personas vivas. Sin embargo, a finales del siglo V a. C. y sobre todo en la época helenística, esta frontera empezó a romperse.

Un primer caso llamativo fue el del espartano Lisandro: tras su decisiva victoria en Egospótamos en la segunda guerra del Peloponeso contra la flota de Atenas, Lisandro se convirtió en una figura casi legendaria. Fue visto como el hombre que derrotó al gran enemigo ateniense y devolvió a Esparta el dominio sobre el mundo griego. En varias ciudades, sobre todo en Asia Menor, se le dedicaron honores que rozaban el culto religioso: se erigieron estatuas, se celebraron fiestas en su honor y se le trató como a un salvador.


Las causas de esta idolatría fueron varias. En primer lugar, el cansancio de la guerra. Después de años de conflictos, las ciudades buscaban figuras fuertes que prometieran orden y estabilidad. En segundo lugar, la propaganda política: Lisandro y sus aliados fomentaron su imagen como protector de las ciudades “liberadas” de Atenas. Por último, el éxito militar tenía un peso enorme en la mentalidad griega: la victoria parecía una señal del favor divino, y quien vencía podía ser visto como alguien tocado por los dioses.


Las consecuencias fueron importantes. Por un lado, este culto reforzó el poder personal de Lisandro y de Esparta en muchas poleis. Pero, por otro, rompió una tradición profunda del mundo griego: la idea de que los hombres no debían ser adorados como dioses. Esto generó tensiones y recelos, incluso dentro de Esparta, donde muchos veían con desconfianza el prestigio casi divino de un solo ciudadano.


Un caso aún más claro fue el de Demetrio Poliorcetes en Atenas, ya en la época helenística. Demetrio se presentó como libertador de la ciudad frente a los macedonios que la dominaban. Los atenienses, agradecidos y desesperados por recuperar su libertad, llegaron a rendirle honores propios de un dios: lo llamaron “salvador”, le dedicaron templos, altares y cantos, e incluso lo colocaron en el centro del culto cívico junto a los dioses tradicionales.


Los motivos de este culto fueron similares, pero más intensos. Atenas había perdido su antiguo poder y vivía una crisis profunda. Demetrio ofrecía protección militar y la promesa de autonomía. Para la ciudad, honrarlo como a un dios era una forma de asegurar su favor. Las ventajas eran claras: apoyo político, defensa armada y cierta estabilidad en un mundo dominado por reyes y ejércitos. Sin embargo, las desventajas también fueron grandes. El culto a Demetrio implicaba humillación para la ciudad, que pasaba de honrar a sus dioses y leyes a someterse a la voluntad de un hombre. Además, cuando Demetrio dejó de ser útil o mostró su lado más tiránico, el entusiasmo se transformó en decepción.


Estos cultos a hombres en vida eran similares a las prácticas de los reinos orientales, como el de los faraones en Egipto o los reyes de Persia, que eran vistos como figuras divinas o casi divinas. En Oriente, la adoración del rey era parte normal del sistema político: el soberano era mediador entre los dioses y los hombres. En cambio, para los griegos, esta idea era ajena a su tradición de ciudades libres y ciudadanos iguales ante la ley.


Por eso, el culto a Lisandro o a Demetrio muestra una crisis del mundo griego clásico y la influencia creciente de modelos políticos orientales. Esta situación se vio tambien, en parte, con Alejandro Magno, quien adquirió costumbres y modos a manera de un rey persa, como el recien fallecido aquemenida, Dario III, siendo mal visto por la mayoría de sus compañeros macedonios. 


En Roma, este proceso se dio de forma distinta. Durante la República, rendir culto a un hombre vivo era visto como algo propio de tiranos y reyes extranjeros. Sin embargo, con el Imperio, la figura del emperador empezó a adquirir un carácter sagrado. Al principio, los emperadores eran divinizados solo después de morir. Se los declaraba “dioses” como forma de honrar su memoria y legitimar a sus sucesores. Con Domiciano, en el siglo I d. C., se dio un paso más: el emperador quiso ser llamado “señor y dios” en vida, todo esto amparado por su Guardia Pretoriana, a quienes pagaba grandes cantidades de dinero. Esto marcó una ruptura importante, ya que acercaba a Roma a los modelos orientales de realeza divina.


El culto a Lisandro y a Demetrio Poliorcetes muestra cómo, en tiempos de crisis y guerra, las ciudades griegas buscaron salvadores humanos a los que atribuyeron cualidades casi divinas. Estas prácticas ofrecieron ventajas prácticas, como protección y estabilidad, pero también tuvieron un alto precio: debilitaron la tradición política de las poleis y abrieron el camino a formas de poder más autoritarias. La comparación con Oriente y Roma revela que la divinización del gobernante es una herramienta política poderosa, pero peligrosa, porque transforma al líder en algo más que un ciudadano y lo coloca por encima de la ley y de la comunidad.

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