La Religión durante la Revolución Francesa

 La Revolución Francesa no solo derribó una monarquía: intentó rehacer el alma espiritual de Francia. Entre 1789 y 1794, el país atravesó un experimento radical en materia religiosa que pasó del ataque frontal al cristianismo al intento de fundar una nueva religión cívica. En pocos años, Francia conoció la descristianización, el Culto a la Razón y, luego, el Culto al Ser Supremo.

1. El quiebre inicial: descristianización (1789–1793)

Desde el comienzo revolucionario, la Iglesia católica fue vista como uno de los pilares del Antiguo Régimen. Poseía tierras, cobraba diezmos y estaba estrechamente ligada a la monarquía.

En 1790 se aprobó la Constitución Civil del Clero, que subordinaba la Iglesia francesa al Estado. Los sacerdotes debían jurar fidelidad a la nación. Muchos se negaron —los llamados “refractarios”—, lo que generó una profunda fractura religiosa.

A partir de 1793, en pleno período del Terror bajo el Comité de Salvación Pública dominado por figuras como Maximilien Robespierre, el proceso se radicalizó:

Se cerraron iglesias.

Se destruyeron símbolos religiosos.

Se sustituyó el calendario cristiano por el Calendario Republicano.

Se promovió activamente el abandono del culto católico.

En ese contexto nació el Culto a la Razón.

2. El Culto a la Razón (1793–1794)

El Culto a la Razón fue impulsado principalmente por los sectores más radicales y anticlericales de la Revolución, especialmente los hébertistas, seguidores de Jacques Hébert.

Características fundamentales:

Era abiertamente ateo o materialista.

Sustituía a Dios por la Razón como principio supremo.

Transformaba iglesias en “Templos de la Razón”.

Celebraba fiestas cívicas donde una mujer representaba alegóricamente a la Razón.

Buscaba erradicar completamente el cristianismo.

Uno de sus momentos más simbólicos fue la “Fiesta de la Razón” celebrada en Notre Dame de París en noviembre de 1793.

Quiénes lo ejercían:

Radicales jacobinos anticristianos.

Hébertistas.

Sectores populares urbanos muy politizados.

Problemas:

El culto resultaba excesivamente extremo incluso para muchos revolucionarios. Además:

Generaba resistencia en el campesinado, profundamente católico.

Amenazaba la estabilidad política.

Era visto por algunos como un caos moral.

Robespierre desconfiaba de su ateísmo y consideraba que una sociedad necesitaba algún tipo de fe moral.

3. El Culto al Ser Supremo (1794)

En reacción al radicalismo ateo, Robespierre promovió el Culto al Ser Supremo en 1794.

Diferencias fundamentales respecto al Culto a la Razón:

Culto a la Razón

Culto al Ser Supremo

Ateo

Deísta

Negaba la existencia de Dios

Afirmaba la existencia de un Dios creador

Radical y anticristiano

Moralista y cívico

Impulsado por hébertistas

Impulsado por Robespierre

El Culto al Ser Supremo se inspiraba en ideas ilustradas, especialmente en el deísmo de Jean-Jacques Rousseau. No defendía el catolicismo, pero sí la creencia en:

Un Dios creador.

La inmortalidad del alma.

La virtud como base de la República.

La gran “Fiesta del Ser Supremo” se celebró el 8 de junio de 1794. Robespierre apareció casi como sumo sacerdote de la nueva moral republicana.

Quiénes lo ejercían:

El Comité de Salvación Pública.

Robespierre y sus seguidores.

Instituciones oficiales del Estado revolucionario.

4. Prohibiciones y final de los cultos

El Culto a la Razón fue desplazado en la práctica en la primavera de 1794 cuando Robespierre eliminó políticamente a los hébertistas (marzo de 1794). No hubo una “prohibición formal” inmediata, pero quedó políticamente desmantelado al ejecutarse a sus principales promotores.

El Culto al Ser Supremo tuvo vida muy breve. Tras la caída y ejecución de Robespierre el 27 de julio de 1794 (9 de Termidor), el nuevo gobierno termidoriano:

Abandonó la religión cívica.

Redujo el radicalismo ideológico.

Permitió gradualmente el regreso de prácticas religiosas privadas.

En 1795 se estableció oficialmente la separación entre Iglesia y Estado, garantizando libertad religiosa, lo que marcó el fin de los intentos de imponer una religión revolucionaria oficial.

5. Conclusión: del ateísmo militante al deísmo político

En apenas un año (1793–1794), la Revolución pasó por tres fases religiosas:

Descristianización violenta

Culto ateo a la Razón

Religión cívica deísta del Ser Supremo

Estos cambios reflejan la lucha interna de la Revolución:

¿Debía destruir completamente la tradición religiosa?

¿O reemplazarla por una fe republicana moralizadora?

El resultado fue claro: los intentos de imponer una nueva religión desde el poder fracasaron. La experiencia mostró que incluso una revolución que proclamaba la razón necesitaba comprender la fuerza cultural y social de la fe.

DEISMO DE JUAN JACOBO ROUSSEAU

Es clave para entender el Culto al Ser Supremo durante la Revolución Francesa.

¿Qué es el deísmo?

El deísmo es una corriente filosófica y religiosa de la Ilustración que sostiene que:

Existe un Dios creador.

Ese Dios creó el universo y sus leyes.

Pero no interviene en los asuntos humanos.

La religión verdadera se conoce por la razón, no por revelaciones, milagros o iglesias.

Es decir Dios existe, pero no hay dogmas, ni sacerdotes necesarios, ni autoridad religiosa infalible.

El deísmo en Rousseau desarrolla su pensamiento religioso sobre todo en Emilio, o De la educación, en el famoso capítulo llamado “Profesión de fe del vicario saboyano”.

Sus ideas centrales:

Dios existe porque el orden del mundo lo demuestra.

La conciencia moral es la voz de Dios en el interior del ser humano.

Las religiones institucionales corrompen la fe natural.

La verdadera religión es interior, sencilla y moral.

Para Rousseau:

No hace falta Iglesia poderosa.

No hacen falta dogmas complicados.

Lo importante es la virtud.

Diferencia con el ateísmo revolucionario

Aquí está la clave histórica:

El Culto a la Razón era ateo.

Rousseau NO era ateo.

Rousseau defendía una “religión civil” que fortaleciera la moral republicana.

En El contrato social, Rousseau habla explícitamente de la necesidad de una religión civil, cuyos principios mínimos serían:

Existencia de Dios.

Vida futura.

Recompensa a los justos.

Castigo a los malvados.

Santidad del contrato social.

Eso inspiró directamente a Maximilien Robespierre cuando instauró el Culto al Ser Supremo en 1794.

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