Hacia la batalla de Pidna
SOMETIMIENTO DE GRECIA. ROMA DE PROTECTORA AL AUTORITARISMO. DE LA ÉTICA A LA AMBICIÓN. LA BATALLA DE PIDNA.
Tras la derrota de Filipo V frente a Roma en la batalla de Cinoscéfalos, el mundo griego creyó por un momento que comenzaba una nueva era. El general romano Tito Quincio Flaminino proclamó en los Juegos Ístmicos la “libertad de los griegos”. Roma se presentaba como protectora de las poleis frente a los grandes reinos helenísticos. No parecía una potencia conquistadora, sino un árbitro que restablecía equilibrios.
Nova sapientia, es la expresión que utiliza Tito Livio para describir una nueva forma de actuar de Roma en Oriente. Según esta visión, Roma intervenía inicialmente con prudencia, defendiendo aliados y castigando ambiciones excesivas, pero sin anexionarse territorios. Los Escipiones y Flaminino representaban esa política: prestigio, contención y cierta admiración por la cultura griega.
Poco después, Roma derrotó al rey seléucida Antíoco III el Grande en la batalla de Magnesia, gracias al mando de Lucio Cornelio Escipión Asiático, hermano de Escipión el Africano. Con esa victoria, Roma demostró que podía decidir el destino de Asia Menor. Recompensó a sus aliados, como Eumenes II de Pérgamo, ampliando enormemente su reino. Así comenzó una red de dependencias: Roma no ocupaba formalmente, pero repartía poder.
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| Victoria en Pidna de Emilio Paulo Macedónico, como en Cinoscéfalos, la falange helenistica Macedonia cae ante la legión manipular republicana de Roma. |
En Grecia, muchas oligarquías locales colaboraron con Roma. Las élites temían a los movimientos populares y a los reyes fuertes, y veían en Roma un garante de su posición social. Esta complicidad filorromana debilitó las antiguas ligas. La Liga Etolia, que había sido aliada de Roma, terminó marginada y debilitada. La Liga Aquea, más cohesionada y orgullosa, perdió a su gran figura, Filopemén, y con él buena parte de su energía política.
El conflicto decisivo llegó con Perseo de Macedonia, hijo de Filipo V. Perseo intentó restaurar la dignidad macedónica mediante alianzas y diplomacia. Para Roma, sin embargo, su sola existencia era un riesgo. Se le acusó de intrigas, de ambición desmedida y de preparar la guerra. Finalmente, el cónsul Lucio Emilio Paulo Macedónico lo derrotó en la batalla de Pidna. Allí la falange macedónica, símbolo del poder helenístico desde Alejandro, fue destrozada por la flexibilidad de la legión romana.
Perseo fue llevado prisionero a Roma y exhibido en el triunfo de Emilio Paulo. Con él caía definitivamente la monarquía macedónica. Grecia ya no sería un espacio de equilibrio entre potencias, sino una región bajo supervisión romana, hasta convertirse en provincia tras la destrucción de Corinto en 146 a.C.
DE LA ÉTICA A LA AMBICIÓN:
En este proceso también cambió Roma. La ética senatorial tradicional (basada en el honor, la palabra dada y la moderación) fue cediendo ante intereses más duros. Aparecieron políticos que utilizaban pretextos diplomáticos para intervenir, fomentar divisiones internas y justificar guerras preventivas. La “protección” se transformó en dominio indirecto, y luego en control directo. El prestigio dio paso a la ambición.
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| Legionario.romano(con lanza pilo, gladiadores y scutum rectangular) y un falangista macedonio con su sarisa. |
Las fuentes antiguas ofrecen miradas distintas. Tito Livio, escribiendo bajo el Imperio, tiende a presentar a Roma como justa y necesaria en su expansión, aunque no oculta las intrigas diplomáticas. Polibio, un griego de la Liga Aquea deportado a Roma y luego amigo y consejero de Escipión Emiliano, ofrece una visión más analítica. Admira la constitución romana y explica su éxito por su disciplina y equilibrio institucional, pero también muestra cómo Roma supo aprovechar las divisiones griegas. Plutarco, en sus Vidas paralelas, juzga moralmente a los protagonistas: critica los errores y debilidades de los reyes helenísticos, especialmente Perseo, a quien considera poco firme y falto de grandeza, pero también reconoce la severidad implacable de Roma.
Grecia pasó así de celebrar su “libertad” proclamada por Flaminino a ver desfilar encadenado al último rey macedonio. Roma, que había llegado como árbitro, terminó como dueña del Mediterráneo oriental. Y el mundo helenístico, debilitado por sus divisiones internas y por la colaboración de sus propias élites, no pudo resistir esa transformación.


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